Como casi todos los viernes, el pasado viernes 3 de julio me reuní en un bar de Polanco con
un grupo de amigos. Uno de los más recientes de ese grupo me reclamó
por mi reciente artículo sobre Jacobo Zabludovsky. Me dijo que cómo me atrevía a cuestionar a Jacobo, -en sus palabras- el mejor periodista que ha tenido México,
que estoy equivocado y que estaba muy extrañado de mi opinión pues me
considera de un nivel muy alto etc. blablabla.
Le contesté, entre otras
cosas, que Jacobo no me pareció nunca un gran periodista
(es fácil parecer muy gallo cuando a tu competencia la amarran y
amordazan); tampoco ganó nunca un premio Pulitzer ni ningún otro
reconocimiento no comprado.
Para alabos fabricados a Jacobo ya fue
suficiente la ola de homenajes que día y noche los medios nacionales le
hicieron el día de su muerte, casi beatificaciones al señor por parte de
esos medios que realmente llegan a cerca de 100 millones de mexicanos
¿No les basta con eso? ¿Aparte quieren que yo me calle aún cuando mi
alcance es tan modesto que sólo asciende a 42 mil seguidores en Twitter y
4 mil en Facebook? ¿Qué es mi modesto impacto comparado con el de
ellos?
Mi amigo me pidió además que deje de criticar al gobierno y a los
partidos; aprovechó para decirme que de la matanza del 68 en Tlateloco
la culpa la tenían los estudiantes por revoltosos y que ganado se lo
tenían por desafiar al gobierno. Realmente uno nunca termina de conocer a
las personas y definitivamente cada cabeza es un mundo. Mi amistad con
él ya no tiene sentido.
Cualquiera que justifique el asesinato de gente
inocente no merece mi amistad ni mi más mínima consideración. Si alguien
más de mis amigos coincide con él en su justificación de la matanza de
Tlateloco y de que no debería cuestionar al actual gobierno, es mejor
que él mismo (o ella) me descarte como amigo y que por favor no me
vuelva a buscar; no quiero volver a reaccionar como tuve que hacerlo con
este otro amigo. No me importa quedarme con menos amigos, sólo quiero
cerca a las personas correctas.
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10 de julio de 2015
20 de marzo de 2009
La tradición anti-democrática mexicana (2a Parte): del porfiriato a los 1980's
La apuesta de Porfirio Díaz era clara y entendible: el progreso. Creía que primero se tenía que realizar una acumulación de capital considerable antes de empezar a redistribuir. En esto el positivismo, la teoría económica clásica y el materialismo dialéctico son interpretaciones complementarias de esa postura. Visto desde el paradigma económico predominante de la época (Marshall, Pigou, etc), el desarrollo económico no puede basarse en la atomización de la propiedad rural ni en la simple producción de materias primas, sino en la concentración de los medios de producción en manos innovadoras. Así, tierra, trabajo y capital debían alcanzar grandes escalas. Fallidamente, en el Porfiriato ello devino en latifundismo, esclavitud y usura, respectivamente. En su inicio, la apuesta de Díaz tenía no sólo una perfecta lógica económica, sino además la mejor de las intenciones. Sin embargo, la propiedad de los medios de producción fue tomada ya sea por hacendados, en uso de su tradición jerárquica, o de anglosajones, abiertamente respaldados por sus potencias. Por ello, Porfirio Díaz poco podía extraerles de solidaridad social hacia el país, haciendo que el tránsito a la generación del mercado interno tuviera que posponerse indefinidamente. Ese tránsito que nunca ocurrió hizo que su proyecto modernizador no sólo se estancara, sino que abortara por completo: tuvo que conformarse con la simple producción de materias primas y gobernar la concentración extrema de la riqueza. Esa trenzada estructura de élites del Porfiriato fue principalmente la que le impidió al Estado recaudar los impuestos suficientes para emprender una cruzada educativa y demás mecanismos que cerraran la brecha social. La falta de educación del pueblo mexicano era lo que, en el fondo y con razón, llevó a Díaz a considerar que México no estaba listo para la democracia. Los gobiernos posteriores a la revolución de 1910, y a pesar de la cruzada vasconcelista, tampoco elevaron al pueblo al nivel de ser capaces de vivir en democracia.
En los pocos enclaves del país en donde la educación posrevolucionaria se expandió con exitosos resultados a más amplios sectores del pueblo, surgieron demandas democratizadoras genuinas. Gracias a esa difusión educativa, entendieron los procesos revolucionarios del pasado como los escalones hacia la desconcentración del poder y el ascenso más generalizado del pueblo al poder. Ahí, el Estado reprimió. En momentos de la historia como en 1958 con el movimiento ferrocarrilero, en 1968 con el movimiento estudiantil, en 1971 con el movimiento periodista, en 1988 con el FCRN, hemos observado un sector del pueblo que creyó en la democracia. En sus movimientos ven su acto expiatorio; en su movilización su purificación. Similar a la frustración que la contraorden genera en cualquier adiestramiento, una resentida decepción se ha incubado en esos grupos.
La democratización de un pueblo no es, como ya hemos vivido en este país, el asignar presupuesto y estructura a instituciones. Es en realidad algo de lo que aún el país está muy lejos. El hecho de que sólo una minoría de este país esté lo suficientemente educada para aspirar a construir una democracia es lo que impide su realización. Por minoritarios, quienes están dispuestos a proponer democracia y transparencia reales, en el mejor de los casos, se quedan hablando solos; en casos peores son denunciados y condenados –casi siempre por sus mismos entusiastas correligionarios iniciales. Ese abandono que sufre la minoría conciente continuará mientras sean lo que son, minoría.
Ciudad de México, 21 de marzo de 2009
En los pocos enclaves del país en donde la educación posrevolucionaria se expandió con exitosos resultados a más amplios sectores del pueblo, surgieron demandas democratizadoras genuinas. Gracias a esa difusión educativa, entendieron los procesos revolucionarios del pasado como los escalones hacia la desconcentración del poder y el ascenso más generalizado del pueblo al poder. Ahí, el Estado reprimió. En momentos de la historia como en 1958 con el movimiento ferrocarrilero, en 1968 con el movimiento estudiantil, en 1971 con el movimiento periodista, en 1988 con el FCRN, hemos observado un sector del pueblo que creyó en la democracia. En sus movimientos ven su acto expiatorio; en su movilización su purificación. Similar a la frustración que la contraorden genera en cualquier adiestramiento, una resentida decepción se ha incubado en esos grupos.
La democratización de un pueblo no es, como ya hemos vivido en este país, el asignar presupuesto y estructura a instituciones. Es en realidad algo de lo que aún el país está muy lejos. El hecho de que sólo una minoría de este país esté lo suficientemente educada para aspirar a construir una democracia es lo que impide su realización. Por minoritarios, quienes están dispuestos a proponer democracia y transparencia reales, en el mejor de los casos, se quedan hablando solos; en casos peores son denunciados y condenados –casi siempre por sus mismos entusiastas correligionarios iniciales. Ese abandono que sufre la minoría conciente continuará mientras sean lo que son, minoría.
Ciudad de México, 21 de marzo de 2009
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