5 de marzo de 2016
LA TRADICIÓN ANTIDEMOCRÁTICA MEXICANA
Es difícil saber hacia dónde exactamente se dirige el país. Lo que, en cambio, no es tan difícil de saber es que hoy México no va hacia la construcción de una verdadera democracia, y nuestros actuales órganos electorales no nos están ayudando en nada a construirla.
En México existe una tradición antidemocrática. El suelo que hoy da forma a la República Mexicana nunca ha sido democrático. No lo era en tiempos de las civilizaciones precolombinas. Aunque estas, unas más que otras, destacaban en las ciencias, las artes y en su organización social, estaban erigidas sobre un orden jerárquico y autoritario. Ello ayuda a comprender por qué la Conquista fue relativamente sencilla para la corona española. El hábito al orden jerárquico de los pobladores de estas regiones muy probablemente haya facilitado la adopción de un nuevo orden. Ambos bloques de culturas tenían en común el hábito a los órdenes jerárquicos, autoritarios: del Huey Tlatoani y del rey; de la clase sacerdotal y de la Iglesia católica; de la penitencia y de la ofrenda.
Al cabo del siglo XVII, ambas tradiciones jerárquicas se habían prácticamente acoplado. España integró a criollos y, en menor medida, mestizos a la vida española, concediéndoles un trato jurídico y económico de iguales respecto de los habitantes de los reinos de España; a los indígenas, por su parte, los asimiló por medio de la evangelización y la encomienda.
Ahora bien, el Siglo XIX, desde la independencia hasta el Porfiriato, está dominado de un empuje popular cuya agenda contempla la igualdad, la libertad y la democracia. Sin embargo, ese empuje popular no logra la organización de la sociedad desde sus bases. Si bien el inicio de los movimientos armados del Siglo XIX está protagonizado por una pluralidad de clases, las clases populares quedaron fuera de los respectivos acuerdos de paz: igual los que se reunieron la madrugada del 16 de septiembre de 1810 con un estandarte de la Guadalupana; los que marcharon con Morelos al sacrificio; o hasta los indígenas que durante el mandato de Santa Ana incluso llegaron a levantarse defendiendo posturas conservadoras. Lo que al final lograron esos movimientos fue un reacomodo entre élites. Así, la implementación de la democracia y la integración de los grupos marginados al poder siguieron posponiéndose.
Durante el Porfiriato, la apuesta de Porfirio Díaz y sus científicos era clara y entendible: el progreso como condición a la democratización; creía que primero se tenía que realizar una acumulación de capital considerable antes de empezar a redistribuir y sólo después iba a ser posible educar al Pueblo a fin de que la democracia cobrara sentido. El positivismo de la época, la teoría económica clásica y el materialismo dialéctico son interpretaciones complementarias de esa postura. Visto desde el paradigma económico predominante de la época (Marshall, Pigou, etc), el desarrollo económico no puede basarse en la atomización de la propiedad rural ni en la simple producción de materias primas, sino en la concentración de los medios de producción en manos innovadoras.
Así, tierra, trabajo y capital debían alcanzar grandes escalas. Fallidamente, en el Porfiriato ello devino en latifundismo, esclavitud y usura, respectivamente. En su inicio, la apuesta de Díaz tenía no sólo una perfecta lógica, sino probablemente también buenas intenciones. Sin embargo, la propiedad de los medios de producción fue tomada ya sea por hacendados (en uso de su tradición jerárquica), o de anglosajones (abiertamente respaldados por sus potencias). Por ello, Porfirio Díaz poco podía extraerles de solidaridad social hacia el país y la democratización era un proyecto que cada día se posponía más y más.
Ese tránsito que nunca ocurrió hizo que su proyecto modernizador no sólo se estancara, sino que abortara por completo: tuvo que conformarse con la simple producción de materias primas y administrar la concentración extrema de la riqueza. Esa trenzada estructura de élites del Porfiriato fue principalmente la que le impidió al Estado recaudar los impuestos suficientes para emprender una cruzada educativa y demás mecanismos que cerraran la brecha social. La falta de educación del pueblo mexicano era lo que, en el fondo, motivó a Díaz a considerar que México nunca estuvo listo para la democracia.
La Revolución Mexicana fue protagonizada por el pueblo. Sin embargo, sus líderes fueron asesinados, quedando el país nuevamente en manos de una élite que tampoco quiso la democratización. El gran triunfador de la Revolución Mexicana fue Álvaro Obregón, quien no representaba ideales populares ni mucho menos democratizadores. Así, los gobiernos posteriores a la revolución de 1910, y a pesar de la cruzada vasconcelista, tampoco lograron alcanzar la democracia.
Luego de la Revolución Mexicana, en los pocos enclaves del país en donde la educación logró exitosos resultados a más amplios sectores del pueblo, surgieron demandas democratizadoras genuinas. Gracias a esa difusión educativa, entendieron los procesos revolucionarios del pasado como los escalones hacia la desconcentración del poder y el ascenso más generalizado del pueblo al poder. Ahí, sin embargo, el Estado cooptó o reprimió.
En momentos de la historia como en 1958 con el movimiento ferrocarrilero, en 1968 con el movimiento estudiantil, en 1971 con el movimiento periodista, en 1988 con el Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional (FCRN), hemos observado la lucha de un notable sector del pueblo que creyó en la democracia. Similar a la frustración que la contraorden genera en cualquier adiestramiento, una resentida decepción se incubó en los miembros de todos esos movimientos, la cual después se convirtió en pesimismo. Desde los años noventa, quienes demandaban democracia en México más bien ya han bajado los brazos –o se han asimilado dentro de partidos políticos que, como el Partido Acción Nacional (PAN) y el Partido de la Revolución Democrática (PRD), hoy ya sólo sirven de comparsa al gobierno para impedir la democratización del país y montar una farsa democrática ante el Pueblo mexicano y el mundo.
Tomar conciencia de que en México nunca ha habido una democracia real no debe incubar en nosotros el sentimiento fatalista de impotencia para cambiar nuestro destino; estar conscientes de ello debe, en cambio, empujarnos a la pronta construcción de nuestra democracia. Tal vez desde los años noventa, México ha carecido de rectores intelectuales de la democracia (a quienes no debemos confundir con los técnicos que diseñaron el Instituto Federal Electoral, IFE, y demás artefactos institucionales que sólo dan forma y nunca han dado fondo a la democratización).
La democratización de un pueblo no consiste, como ya hemos vivido en este país, en el asignar presupuestos millonarios y una estructura ridículamente aparatosa como la que hoy tienen el Instituto Nacional Electoral (INE) y los tribunales electorales. La democratización consiste en la presión incesante que la sociedad civil debe hacer hoy para derrumbar al actual aparato electoral y reemplazarlo por órganos electorales ciudadanos, austeros e independientes; independientes del gobierno, de partidos políticos, de empresas, de gobiernos extranjeros y de cualquier otra fuerza.
Necesitamos órganos electorales que tengan la independencia y el valor para anular elecciones, cancelar registros de partidos y descalificar candidatos ante pruebas de actos de corrupción, compra y coacción del voto, campañas anticipadas, financiamientos ligados al crimen organizado y al desvío de dinero público (robo) de los gobernadores de los estados y demás crímenes a la voluntad popular. Los órganos electorales actuales son incapaces de actuar en favor de la democratización del país; hoy actúan bajo órdenes del gobierno y de sus acuerdos con los partidos, para consumar así, una y otra vez, el aborto democrático. Estemos claros: los actuales órganos electorales mexicanos tienen secuestrada la democracia y debemos reemplazarlos.
@SergioSaldanaZ
6 de diciembre de 2009
La sociedad... que se organice
En una conversación el día de ayer con Roberto Juárez de la Rosa coincidíamos sobre el decaído ánimo de los mexicanos en este momento. Él es médico en una de las zonas más marginadas del país: La Presa, Municipio de Tlalnepantla, Estado de México. En su percepción, las mayorías con las que él tiene trato diario viven crecientemente bajo un clima de decepción.
Durante sus más de cuarenta años como médico de esta zona, él ha sido testigo del arribo de un sinnúmero de inmigrantes del campo que se asientan en la zona con miras a abrirse paso en la Ciudad de México; lo que más les ha caracterizado a lo largo de este tiempo es el entusiasmo que, a pesar de las dificultades, esta lucha de ascenso social le produce a estas personas.
Dentro de este período él también ha corroborado estas actitudes incluso aún en tiempos de crisis económicas: 1976, 1981, 1987, 1994. En este 2009, sin embargo, la sensación ha sido distinta. Hay un desánimo y una angustia porque el mal estado de la economía y de la sociedad mexicana no es percibido como algo transitorio. El actual desánimo de esta gente no se debe, entonces, simplemente a sus condiciones de marginación y a la crisis. Se trata en este caso de la falta de esperanza en la construcción de una vida mejor durante un largo tiempo en el futuro.
La sensación generalizada en estas personas de que no están en camino a una vida mejor genera la impresión de que el conjunto de acciones que ellos han realizado dentro del sistema de códigos jurídicos y morales vigentes no son suficientes. Es entonces que han entrado en un estado de desmoralización. La sensación de no estar construyendo una mejor comunidad se debe en realidad a la ausencia de un objetivo armonizado dentro de esta. Lo anterior, reproducido a escala nacional, es el equivalente a la ausencia de un proyecto nacional.
A grandes rasgos he propuesto en este blog un proyecto de nación. Producto de una frecuente crítica social, económica y política tan documentada como mi tiempo y acceso a información me lo han permitido, he publicado una cantidad de artículos periodísticos, científicos y reportes en los que he tratado de explicar la causa de los principales problemas del país, así como he propuesto algunos pasos para su solución. La implementación de esas propuestas depende ahora de la entereza de quienes las promovamos. Ellas, sin embargo, no se sostendrán si en el plano comunitario la gente no se organiza para resolver sus problemas cercanos.
Tenemos en México una clase política que, ahora más que nunca antes, parece vivir una realidad aparte de la nuestra. Tenemos que estar concientes que, debido a su autismo, indolencia e incapacidad, no podemos esperar demasiado de ellos. Lo anterior se debe en buena medida a los fallos representativos de nuestro sistema electoral. También debemos estar concientes de que en tanto nuestra sociedad continúe tan desarticulada como crecientemente lo está, seremos incapaces de corregir esos fallos de representatividad.
Hasta ahora, los cambios en México han venido generalmente desde arriba. Los pocos intentos organizados de los de abajo por mejorar sus condiciones se han dado en un estallido y aún así han fracasado. La historia reiteradamente nos lo demuestra. Los seguidores de Hidalgo y de Morelos se dispersaron después del respectivo fusilamiento de estos insurgentes. Las demandas de los zapatistas durante la revolución mexicana no fueron satisfechas por el triunfo de su movimiento; este fue derrotado, primero, por Pascual Orozco y Carranza al consumarse el asesinato a Emiliano Zapata y, posteriormente, fue relegado a segundo plano por el obregonismo que lo adoptó. Una vez derrotados y dispersos los zapatistas, una parte de la élite triunfadora impulsó, no obstante, la satisfacción de sus demandas más elementales. Ello, más que por fines de justicia social, respondió a necesidades de pacificación y gobernabilidad para que el grupo triunfador reorganizara la vida del país.
Relaciones similares han sucedido con otros movimientos populares: el movimiento ferrocarrilero, que deriva en algunas concesiones para la clase sindicalista; el movimiento estudiantil de 1968, que abre el camino al sistema de partidos, entre otros. Así pues, mientras negar los logros de esos movimientos sería ciego, reconocerles conquistas sociales sería exagerado; lo que en su lugar han logrado son concesiones sociales; por eso en nuestra historia no contamos con estadistas emanados de los movimientos sociales, sino con mártires míticos del pueblo.
Aún con eso, la vigencia de esos mártires es lo que ha elevado la moral a nuestras mayorías. Por eso la actual caducidad de nuestros mártires nos ayuda a comprender la actual desmoralización de nuestro pueblo. En estos momentos parece difícil el resurgimiento de ese tipo de mártires míticos. El actual disfuncionamiento representativo de la clase política mexicana, combinado con el enorme poder de las dos principales televisoras del país, impedirían la popularización de un líder con esas características.
Lo que, en su lugar, sí podría y debería surgir es un liderazgo emprendido desde el tejido social. Para ello es necesario que la sociedad civil se modernice para organizar sus demandas y exigirlas dentro del marco contractual. Ello imlica que dé el paso hacia la madurez; que no siga esperando a un Quetzalcóatl ni a un Prometeo ni a ningún otro Mesías que ofrende su vida por estos hombres, sino que estos hombres se conviertan en ciudadanos y actúen como sociedad adulta. Que no permitan que los problemas y la injusticia crezcan para actuar sólo cuando la situación ya es insoportable: que solucionen los problemas tan pronto como estos aparezcan.
La formación de ciudadanos, no obstante, requiere de un proceso educativo. La puerta a ello son la educación institucional de las mayorías y la organización social pacífica. La primera la ha mantenido obstaculizada el actual sistema de educación pública -al que hay que depurar sin consideraciones. La segunda (la organización social) es entonces la única opción inmediata disponible.
Para ello debemos comenzar por la organización de grupos de identificación de problemas de la comunidad [*] para que propongan soluciones concretas. Cualquiera de nosotros puede iniciar con ello. Los pasos a seguir son:
1. Organizar un grupo de personas con el mismo interés y compromiso que uno por mejorar su realidad local y la del país;
2. Identificar y jerarquizar los principales problemas;
3. Hacer una lluvia de ideas de solución;
4. Identificar a todos los involucrados y gente necesaria para solucionarlo (vecinos, colegas, expertos, autoridades, etc.), invitarlos a unirse y comprometerlos a lograr las soluciones;
5. Divídir las tareas.
Si la suma de las capacidades personales de quienes se organicen no alcanza para lograr los objetivos, debe pedirse ayuda a otras organizaciones de la sociedad civil: apelar a la solidaridad. En caso de necesitarlo, también pongo a la disposición nuestra Fundación así como nuestra orientación para llevar a cabo estas acciones y romper este círculo vicioso de problemas-pasividad-mayores problemas que mantiene atrapado a nuestro país.
[*] Consúltese por ejemplo la Metodología del Marco Lógico.
6 de julio de 2009
Elecciones intermedias del 5 de julio de 2009 en México: continuidad y cambio
La repetición de la historia parece ser algo relativo. Hasta donde llega nuestro conocimiento de la historia de la humanidad –y del universo-, ninguna vuelta a un orden es total, sino lleva implícita una ligera carga de cambio, en sentido similar a la revuelta planteada por Octavio Paz o la espiral de Herman Hesse. Kepler en su Astronomia Nova, descubre que las órbitas de los planetas no se acogían a la perfección del círculo, sino a la elipse, que ya Apolonio de Pérgamo había descrito en sus textos sobrevivientes a la destrucción de la biblioteca de Alejandría. Kepler descubre que los planetas se mueven en órbitas elípticas si se les observa en un plano tridimensional. Siglos después, sin embargo, la teoría de la relatividad general de Einstein descubriría que ese movimiento elíptico planetario se convierte en línea recta si se le observa en el plano cuatridimensional de espacio-tiempo.
El triunfo electoral del PRI el día de ayer parece un claro anuncio de su retorno al poder en México. El abstencionismo, principal aliado del partido con la mejor estructura territorial, contribuyó en gran medida. Mientras que en un período de bonanza económica el abstencionismo es señal de aprobación apática a la gestión de los partidos, en el actual entorno de crisis ello significa otras cosas:

i) ante los decepcionantes resultados del PAN durante los últimos 9 años, los sectores más conservadores de la sociedad mexicana han preferido la seguridad del PRI;
ii) otros sectores han retrocedido en su participación electoral por una apatía creada por la falta de contundencia que perciben de esta vía;
iii) en otros sectores la inconformidad ciudadana contra todo el sistema de partidos no era tan grande como creíamos;
iv) en otros la moral está tan relajada que no ven nada malo en las prácticas de los gobiernos recientes;
v) otros sectores se contentan con darle un voto de castigo al PAN ayudando al PRI;
vi) sólo el –minoritario- resto diseñará e impulsará los cambios de fondo necesarios para el país.
Sí, claro que existe la continuidad, pero esta también viene impregnada del cambio que aportan estos últimos. El reto consiste ahora en encausarlo.